Abres un cajón buscando otra cosa y aparece una foto. Tú, hace diez años. La misma sonrisa, quizá menos arrugas, una ropa que hoy no te pondrías ni en broma. Y por un segundo ocurre algo extraño: reconoces esa cara y, al mismo tiempo, te cuesta creer que fueras tú. La pregunta llega sola, casi sin pedir permiso: ¿eres la misma persona de hace diez años?
Es una pregunta tramposa, porque las dos respuestas posibles parecen verdad. Sí, claro que eres tú: tienes los mismos recuerdos, el mismo nombre, la misma historia. Y no, evidentemente no: piensas distinto, quieres cosas distintas, te hieren y te alegran cosas que antes te daban igual. De ese pequeño vértigo nace el coloquio de esta semana en Poco a Poco Pero Ya, donde Sima y yo nos sentamos a mirar de frente algo que casi siempre miramos de reojo.
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La célula que ya no eres
Empecemos por lo más material, por el cuerpo, que parece lo más sólido de nosotros. La biología nos deja un dato incómodo: buena parte de las células que te formaban hace una década ya no están. Tu piel se renueva en semanas, el revestimiento de tu intestino en días, tu esqueleto se rehace poco a poco a lo largo de los años. El cuerpo que leyó algo parecido a esto hace diez años, casi en sentido literal, ya no existe.
Y, sin embargo, no sentimos que hayamos muerto y nacido varias veces por el camino. Hay una continuidad que el cuerpo, por sí solo, no explica. Si la materia se cambia entera y la sensación de ser «yo» permanece, entonces lo que nos hace nosotros no puede estar solo en la materia. Aquí es donde la conversación deja de ser de laboratorio y se vuelve, casi sin querer, contemplativa.
El «yo» que se cuenta a sí mismo
Hay una idea que aparece una y otra vez cuando uno se sienta a meditar: que el «yo» no es tanto una cosa como un relato. Una historia que nos contamos sin parar, hecha de recuerdos elegidos, de heridas que repetimos y de planes que aún no han pasado. No somos un objeto fijo; somos un cuento en marcha que se reescribe cada mañana.
Eso explica la doble sensación frente a la foto. Reconoces al protagonista porque la historia es continua: hay un hilo de memoria que va de aquel día a este. Pero te cuesta identificarte porque el narrador de hoy ya no cuenta la historia igual. Has vivido cosas que reordenaron el sentido de todo lo anterior. La trama es la misma; la lectura ha cambiado.
La misma persona de hace diez años: ¿qué permanece?

Entonces, ¿qué queda? Si las células se van y el relato se reescribe, ¿en qué sentido sigues siendo la misma persona de hace diez años? Quizá la respuesta no esté en una cosa que permanece, sino en un movimiento que no se detiene. No eres el agua del río, que pasa; eres la forma del río, que se mantiene precisamente porque el agua nunca deja de moverse.
Lo que permanece no es un núcleo congelado, sino una manera de transformarte fiel a ti mismo. Tus valores quizá se han afinado, pero probablemente reconocerías de inmediato una traición a lo que de verdad te importa. Eso —esa fidelidad a un movimiento, no a una estatua— es lo más cercano a una identidad honesta que la meditación nos deja entrever. Y es una buena noticia: significa que no estás obligado a ser el de antes, ni a fingir que no has cambiado.
Annamaya kosha: la capa hecha de comida y de tiempo
En la sección Cosas con cima, Simón nos lleva al yoga para poner nombre a esto. Hablamos de Annamaya kosha, la primera de las cinco capas o koshas con las que la tradición describe al ser humano. Anna significa comida. Annamaya kosha es, literalmente, «la capa hecha de alimento»: el cuerpo físico, eso que comemos, bebemos y que un día devolveremos a la tierra.
Lo bonito del concepto es que no desprecia el cuerpo ni lo idolatra. Lo coloca en su sitio: es la capa más visible, la más cambiante, la que más cuidamos en el espejo y la que, paradójicamente, menos nos define. Reconocer que somos también esta capa de comida y de tiempo nos ayuda a sostener la pregunta del episodio sin angustia. Sí, esta capa cambia entera. Y por debajo hay más.
Aprender a empezar (otra vez)
Estrenamos sección, y no es casualidad que llegue justo aquí. En Punto de fuga, Iván Davó abre su rincón hablando de algo que parece de principiantes y casi nunca lo es: aprender a empezar. Porque si aceptamos que no somos los mismos, que nos rehacemos célula a célula y relato a relato, entonces empezar deja de ser cosa de una sola vez. Empezar es algo que nos toca hacer, en pequeño, casi cada día.
Aprender a empezar es aprender a soltar al de antes sin renegar de él. Es darse permiso para que la versión actual no tenga que justificar nada ante la anterior. Cuántas veces no arrancamos algo por miedo a contradecir a quien fuimos. Y resulta que la persona de hace diez años no está esperando que le seamos fieles: nos regaló el punto de partida y, con suerte, sonreiría al ver hasta dónde hemos llegado.
El deseo profundo que nos mueve
En El meditador chiflado giramos hacia el motor de todo este movimiento: el deseo profundo, impulsor, que habita dentro de nosotros. No el deseo de comprar, de tener o de aparentar —esos son ruido de superficie—, sino ese anhelo callado que sigue ahí cuando se apagan los demás. El que te hizo cambiar en estos diez años aunque no supieras ponerle nombre.
Mirar ese deseo de frente da un poco de vértigo, porque suele señalar hacia donde aún no nos hemos atrevido a ir. Pero es justamente ese impulso el que da dirección al cambio. Sin él, transformarse sería solo deriva. Con él, el río tiene cauce. El meditador chiflado, con su humor de costumbre, nos recuerda que ignorar ese deseo no lo apaga: solo lo disfraza de mal humor.
Y entre medias, el mundo entero
Como en cada episodio, la conversación respira gracias a lo que la rodea. En Ecos de la imaginación viajamos a la ciencia ficción para mirar a Dios desde el espacio, en un relato que cambia la escala de todas nuestras certezas. En Anuloma Viloma, Claudia toma aire y se atreve con la política y los políticos, desde un lugar más humano que partidista. Y en Tú habla, que yo te escucho, la sección de los escuchantes, Chris Chaval nos habla sin rodeos de la regla y de los tampones, porque también lo cotidiano y lo silenciado merece su rato de palabra.
Todas son piezas distintas, pero apuntan a lo mismo: ninguno de nosotros es una sola cosa fija. Cambiamos de tema, de tono y de capa, y seguimos siendo, de algún modo, ese río que no para.
Preguntas para llevarte a la almohada
- Si te encontraras con tu yo de hace diez años, ¿qué le agradecerías y qué le perdonarías?
- ¿Qué ha cambiado tanto en ti que casi no lo reconoces? ¿Y qué ha permanecido pase lo que pase?
- ¿Estás siendo fiel a quien fuiste o a quien estás llegando a ser?
- ¿Cuál es ese deseo profundo que, mires donde mires, sigue ahí?
Un cierre que no cierra
Quizá la pregunta «¿eres la misma persona de hace diez años?» no tenga una respuesta, sino una invitación. La de mirar la foto del cajón sin nostalgia ni vergüenza, reconocer al que fuiste, agradecerle el camino y volver a guardarla. Porque dentro de diez años habrá otra foto, y será de ti, hoy. Y alguien —tú— se preguntará lo mismo.
No somos quienes fuimos. Tampoco somos del todo quienes seremos. Somos este tránsito, poco a poco pero ya. Y dejarse cambiar, sin perder el hilo, quizá sea la forma más honesta de seguir siendo uno mismo.


