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Despertar no es abrir los ojos

Rober·20 de agosto de 2026·7 min de lectura
Portada del capítulo 84 del podcast poco a poco pero ya

Hay una palabra que el mundo espiritual ha convertido en trofeo: "despertar". Se usa como si fuera un examen que se aprueba una sola vez, un interruptor que se enciende y ya no se apaga nunca, una medalla que unos pocos elegidos consiguen colgarse mientras el resto seguimos, supuestamente, dormidos. Cuantos más cursos, retiros y publicaciones prometen "el despertar definitivo", más se aleja la pregunta honesta: ¿qué significa, en realidad, despertar?

En el episodio 84 de Poco a Poco Pero Ya nos hemos hecho esa pregunta sin prisa por resolverla con un eslogan. No hablamos de una iluminación instantánea ni de una experiencia mística reservada a unos pocos, sino de algo mucho más cotidiano y, por eso mismo, mucho más difícil: la posibilidad de estar realmente presentes en la propia vida, aunque sea solo un rato al día. Este artículo recoge esa conversación y la desarrolla con calma.

Despertar no es abrir los ojos. Es, muchas veces, atreverse a cerrarlos un momento para mirar hacia dentro.

El coloquio cruza varias miradas —el tiempo cíclico del yoga, el hábito de mirar hacia fuera para no mirarnos, las relaciones que nos formaron sin elegirlas, el primer gesto de cada mañana— para acercarse al despertar no como una meta espiritual, sino como una práctica que se repite, se pierde y se vuelve a encontrar.

La palabra que convertimos en meta espiritual

una serenidad se transmite mediante la mirada

"Despertar", tal y como lo entiende buena parte del mundo del desarrollo personal, suena a destino: un lugar al que se llega después de suficiente meditación, suficientes lecturas, suficiente trabajo interior. Pero tratar el despertar como una meta final tiene un problema de fondo: convierte el presente en un simple trámite hacia algo mejor que vendrá después, cuando en realidad el despertar —si es que existe tal cosa— solo puede ocurrir aquí, en este instante concreto, nunca en el de más adelante.

Quizá despertar no sea un lugar al que se llega, sino un gesto que se repite: la capacidad de darse cuenta, una y otra vez, de que nos habíamos vuelto a dormir. No hay examen que aprobar de una vez para siempre. Hay, como mucho, momentos de mayor lucidez que se alternan con largos tramos de piloto automático, y aprender a distinguir en cuál de los dos estamos en cada momento.

Kaliyuga: despertar en la era que menos ayuda

El yoga habla de cuatro yugas, cuatro eras del tiempo que se van sucediendo en ciclos largos, cada una con su propia densidad. La última, la que según esta tradición atravesamos ahora, es el Kaliyuga: la era de mayor ruido, de mayor dispersión, de mayor dificultad para sostener la calma durante más de unos minutos seguidos. No es casualidad que hablemos tanto de despertar precisamente en esta época. Cuanto más denso es el entorno, más cuesta mantener los ojos abiertos por dentro.

Situarnos en el Kaliyuga no es una excusa para resignarnos ni una profecía fatalista sobre la que no podemos hacer nada. Es, más bien, un dato que ayuda a bajar la exigencia hacia uno mismo: si vivimos en una era especialmente propensa a la distracción, no es extraño que despertar cueste más que en otros tiempos. Parte de lo que sentimos como fracaso personal —la dificultad para estar presentes, la mente siempre acelerada— tiene también un componente de época, no solo individual.

Mirar a otros para no mirarte a ti

persona pensativa ensimismada en sus creencias

Hay una forma muy moderna de quedarse dormido que no tiene nada que ver con la almohada: pasar horas mirando la vida de otras personas en una pantalla para no tener que mirar la propia. Las redes sociales ofrecen un escape perfecto, casi diseñado a propósito, para no encontrarnos con nuestras propias preguntas incómodas. Es mucho más fácil opinar sobre la vida ajena, compararla con la nuestra o simplemente perdernos en ella, que sentarnos con lo que de verdad nos inquieta por dentro.

Ese desvío constante de la mirada hacia fuera tiene un coste silencioso: cada minuto que pasamos observando la vida de otro es un minuto que no pasamos observando la nuestra. No se trata de culpabilizar el uso de las redes, sino de preguntarse con honestidad cuánto de ese scroll interminable es curiosidad genuina y cuánto es, en realidad, una forma sofisticada de evitarnos a nosotros mismos.

La sombra de árboles que nunca plantamos

Hay árboles que dan sombra a quien nunca los sembró: alguien los plantó generaciones atrás, sin conocer a las personas que un día se sentarían bajo sus ramas a resguardarse del sol. Con quienes nos han marcado ocurre algo parecido. No elegimos del todo a quienes nos formaron —una madre, un profesor, un amigo de la infancia, alguien que apareció en un momento concreto y dejó una huella que no se borra—, y sin embargo su sombra sigue ahí, protegiéndonos o condicionándonos mucho después de que ellos se hayan ido.

Parte de despertar consiste en reconocer bajo qué sombras hemos vivido sin darnos cuenta. Algunas nos han cuidado durante años sin que lo agradeciéramos del todo. Otras nos han limitado el crecimiento sin que lo notásemos, como un árbol que da sombra pero también impide que crezca otra cosa debajo. Mirar con honestidad qué relaciones nos han sembrado, y cuáles merece la pena seguir habitando, es también una forma de despertar.

El primer gesto del día

Hay un instante, cada mañana, que decide más de lo que solemos reconocer: el primer gesto al abrir los ojos. Para una parte cada vez mayor de personas, ese gesto es coger el teléfono antes incluso de levantarse de la cama, revisar mensajes y notificaciones camino del baño, dejar que la mente reciba el primer estímulo del día desde una pantalla en lugar de desde el propio cuerpo. Es un gesto tan automático que ni siquiera lo registramos como una decisión, y sin embargo lo es.

Ese primer contacto del día marca el tono de las horas siguientes. Una mente que despierta directamente hacia fuera —hacia notificaciones, noticias, mensajes pendientes— tiene mucho más difícil encontrar después ese espacio interior tranquilo del que hablábamos antes. El peligro no está en el teléfono en sí mismo, sino en el orden: dejar que el mundo entre antes de que la propia mente haya tenido la oportunidad de despertar primero.

Despertar en lo cotidiano

Se nota, por ejemplo, en quien revisa el teléfono treinta veces antes de comer y ni siquiera recuerda qué buscaba la primera vez. Se nota en quien puede recitar de memoria la vida de personas que no conoce, mientras hace meses que no se pregunta a sí mismo cómo está de verdad. Se nota en quien atribuye todo lo que siente a su carácter, sin considerar que parte de ese cansancio es también de época, de ritmo colectivo, de Kaliyuga. Y se nota, sobre todo, en la cantidad de días que pueden pasar seguidos sin que nadie —ni siquiera uno mismo— note la diferencia entre estar despierto y estar simplemente en marcha.

Ninguno de estos gestos es un defecto de carácter. Son, más bien, la consecuencia lógica de un mundo diseñado para capturar la atención antes de que la propia mente tenga ocasión de reclamarla. Por eso despertar, en el sentido que aquí nos interesa, no depende tanto de fuerza de voluntad como de diseñar pequeñas fricciones: un minuto antes de coger el teléfono, una pregunta antes de abrir una red social, un instante de silencio antes de que el día entero se llene de estímulos ajenos.

Despertar, quizá, no sea abrir los ojos una mañana distinta a las demás y no volver a cerrarlos nunca. Sea, más bien, notar una y otra vez cuándo hemos vuelto a quedarnos dormidos —mirando otra pantalla, viviendo bajo una sombra que ya no nos pertenece, dejando que el mundo entre antes que nosotros mismos— y decidir, con calma, volver a abrirlos. Poco a poco, pero ya.

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